minimal

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La mirada de Toni Ali es misteriosa, solitaria, isleňa. No obedece a esa pasión cinegética del reportaje o de la instantánea por detener el movimiento de lo vivo ni le interesa la pacotilla urgente del realismo, el trajín del hormiguero humano, sino la soledad, el silencio, el desierto que hay en el alma humana que sólo tiene su oasis en quien lo ama, en quien lo mira respetando su misterio, no intentando resolverlo.

Las fotos de Toni Ali consiguen lo más arduo, lo más íntimo: captar la quietud de manera inquietante, subrayar el silencio, mostrar el misterio de lo que no hay, el color apasionado de la ausencia. Hay en ellas la tristeza del nómada que busca un lugar en el mundo y halla el desierto que lo habita, que busca al hombre y halla su huella y su hueco. Y da testimonio de ese vacío, de esa soledad. Hay una especie de exuberancia melancólica, de alegría sin nadie, un derroche de ausencia y de color, una pena pensada, la precisa pasión de quien mira las cosas despidiéndose. Como a Ulises, ya sabéis, llamadle Nadie. La mirada de Ali se despide de lo que ama. Hay en ella una nostalgia y un brillo como de lágrima que se sabe todavía más fugaz que el instante que intenta hacer suyo.

Un mundo el de estas fotos donde no pasa nada, casi ni siquiera el tiempo, una vida basada en la repetición de ritos y de objetos, donde sólo quedan soledades suspendidas en una espera eterna de algo que ya ha pasado o no va a llegar nunca.

Las fotos de Toni Ali callan tanto como dicen, o mejor: dicen lo que dicen porque callan, porque sugieren y sellan. Son fotos sigilosas, asombradas de luz, alumbradas de sombra, que respetan el enigma en vez de resolverlo.

Juan V. Piqueras